Bartleby y Compañia (2000), por Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas, nacido en la Barcelona de 1948, es uno de los escritores contemporáneos más conocidos y prolíferos de las letras hispánicas. Es autor, entre otras muchas novelas y ensayos, de La asesina ilustrada, El viajero más lento y El mal de Montano, así como columnista cultural de El País. Hoy vamos a tratar su libro Bartleby y Compañía, publicado en 2001 por Anagrama. A grandes rasgos, es una obra en cuya estructura original se entremezclan el diario personal de su narrador y un conjunto de notas a pie de página de “un texto invisible”, siendo el objetivo del mismo el demostrar la capacidad que tiene el narrador como rastreador de bartlebys.

Pero, ¿quienes son los bartlebys? Son seres en los que “habita una profunda negación del mundo”, que  renunciaron a la escritura tras haber creado ya alguna obra, o que bien se paralizan de forma recurrente al tratar de crear (o que al menos así lo han hecho en algún periodo de su vida) o, por último, individuos que jamás publicaron o escribieron nada pese a tener lo que podríamos denominar el don, la naturaleza o las características necesarias para ello. Son, por lo tanto, “gente paralizada ante las dimensiones absolutas que conlleva toda creación”.

La vida y obra de estos autores, o la de los que tratan este tema como el narrador (y, por extensión, el propio Enrique Vila-Matas), constituye lo que el autor denomina  La Literatura del No, algo completamente inabarcable ya que es “un tema laberíntico que carece de centro, pues hay tantos escritores como formas de abandonar la literatura”. Los antecedentes de esta literatura son Bartleby, el escribiente, de Hermann Melville (puedes ver una reseña del libro en esta misma página), ese personaje que ante cualquier exigencia de su jefe, por pequeña que sea, responde con un “prefiero no hacerlo”; y Wakefield de Nathaniel Hawthorne, cuyo personaje principal abandona su casa y a su familia sin ningún motivo aparente para irse a vivir una existencia anodina tan solo un par de calles más lejos.

Es bastante curioso que ambos escritores fuesen, además de contemporáneos, amigos. Pero esta enfermedad no es algo exclusivamente del pasado sino que, para el autor, el sindrome Bartleby es el “mal endémico de las letras contemporáneas”, una tendencia que planea alrededor de la idea de la imposibilidad de la misma literatura, tendencia de la que necesariamente debe nacer la nueva escritura, es decir, un mal que no es ni mucho menos un mal, sino una “danza de la que podrían estar ya surgiendo nuevas construcciones de sensibilidad”.

El interés que tiene el narrador en la materia, una persona solitaria y de gran cultura literaria, es que él mismo es uno de esos bartlebys, siendo el propio libro que tenemos entre las manos el que va a romper un silencio literario que dura ya veinticinco años. En su caso, el motivo por el que dejó de escribir fue su sometimiento a la voluntad de su padre, que le obligó a escribir, a copiar como el propio Bartleby, una dedicatoria en su propio libro, lo que fue un duro golpe a su autoestima.

Entre los motivos que existen para no escribir, los más comunes son: la imposibilidad de encontrar un comienzo; el pensar que uno es incapaz o que carece de imaginación; el no encontrar un motivo para ello; el preferir hacer otras cosas; una excesiva cultura literaria que lleve al “ya está todo dicho” paralizante (podéis ver mi particular visión del asunto aquí, si bien yo no calificaría de “excesiva” a la mía); el aguardar a una inspiración que nunca llega; el fracaso literario o la mala acogida de la crítica de las obras previas; el haber sido malinterpretado; y un largo e inconcluso etc…

Escrito con un estilo atrayente y claro, quizás lo mejor del libro sea que nos da a conocer una cantidad ingente de autores, obras y curiosidades, a la par graciosas y literarias, a través de las notas de un narrador cuya personalidad parece brutalmente creíble, solitaria y desesperanzada. Más que analizar a fondo el libro, lo que me he propuesto en este artículo es hacer yo mismo una lista, seleccionando del libro aquellos bartlebys que me han parecido más interesantes. Aquí va:

De manera obligatoria, el trono de la literatura del No lo ha de ocupar el poeta francés que a la edad de 19 años, tras haber escrito algunos de los mejores poemas de la historia en sus libros Una temporada en el infierno e Iluminaciones, dejó la literatura para siempre para dedicarse a vivir una vida de aventuras: Arthur Rimbaud. Tras haber cosechado bastante prestigio con sus obras, no volvió a escribir nada más: quizás por haber entendido la imposibilidad de la escritura; por que prefería ser otra cosa (en su corta vida fue traficante de esclavos, mercader, soldado, domador…); o quizás por que estaba harto del trabajo de copista que es transcribir las alucinaciones que le proporcionaba su poderosa imaginación.

Juan Rulfo siempre dijo no haber tenido ni idea de cómo escribió Pedro Páramo, ya que “fue como si alguien me lo dictara”. Tras esta obra maestra, no volvió a publicar nada más, utilizando una excusa de lo más graciosa: Su tio Celerino había muerto, y siendo este el que le contaba las historias, se sentía incapaz de escribir nada más.

J.D Salinger dejó de escribir tras la fama derivada de sus obras,  sobre todo de la archiconocida Un guardián entre el centeno. Durante toda su vida, tuvo que luchar incansablemente a fin de que la prensa, fans y curiosos varios le dejaran en paz y pudiese preservar lo que consideraba su don más preciado: su vida privada. Sin embargo, aunque nunca lo sabremos, es muy posible que Salinger dejase de escribir al ver que su obra más famosa era citada y recitada como inspiración por multitud de asesinos; incluido el de John Lennon, que pensaba que una parte de él era el propio protagonista y que, tras disparar al integrante de The Beatles, se quedó esperando mansamente a la policía releyendo la novela.

Sócrates, más conocido en su época como “el bufón de Atenas” es una de las figuras más desfiguradas por la historia, ya que nadie tan excéntrico debería haber sido tomado jamás como una persona seria y “respetable”. La inclusión de este pensador griego en la lista se debe a que en vida no escribió una sola linea, siendo su alumno, Platón, el que ha transmitido sus enseñanzas a la posteridad.

El propio Kafka se sentía muchas veces incapaz de escribir, problema que achacaba a la gigantesca presión o sentimiento de inferioridad que ejercía sobre él la sombra de Goethe. A su vez, algunos de sus escritos son fácilmente asociables con aquel de Melville que da nombre a nuestro síndrome, como por ejemplo su Artista del Hambre, cuyo protagonista muere de inanición al no encontrar ninguna comida que le atraiga. En su diario, el escritor praguense dijo que “un escritor que no escribe es un monstruo que invita a la locura”.

A Nicolas Chamfort, el autor más prestigioso de la corte de Luis XVI, fue su odio al mundo el que le llevó a dejar la creación, ya que dejó de publicar al parecerle que el público tenía un gusto pésimo. Asimismo, la fama le parecía terrible, así como banal y mediocre la vida del hombre de letras. Por otra parte, su suicidio es seguramente el más terrible de la historia ya que, tras no lograrlo inicialmente de un pistoletazo e infligirse graves heridas con un cortaplumas (se sacó un ojo y se cortó la garganta), finalmente acabó muriendo de las heridas un par de días más tarde.

Oscar Wilde en El crítico artista dejó claro que para él el no hacer nada era la cosa más difícil e intelectual del mundo. Y eso es, precisamente, lo que acabó haciendo: nada. Pese a no escribir durante los últimos dos años de su vida, seguía teniendo ideas, como un guión de teatro que vendió a un amigo suyo, para demandarle después por plagio. Una de las últimas cosas que escribió fue: “cuando no conocía la vida, escribía; ahora que conozco su significado, no tengo nada más que escribir”.

La vida y obra de Hugo von Hofmannsthal tuvo tres etapas claramente diferenciadas, ya que pasó de niño prodigio de las letras a una crisis existencial ligada a nuestro síndrome, para acabar volviendo a escribir. En la segunda etapa, en la que sufrió esa crisis existencial que tan cerca estuvo de obligarle a abandonar la literatura para siempre, escribió su Carta de Lord Chandos, pura literatura del No donde su protagonista cree que debe dejar de escribir debido a que le parece que ya no es capaz de captar la realidad a través de las palabras. Finalmente, su tercera etapa marca una vuelta a la escritura que, según Vila-Matas, no posee esa frescura y calidad anterior. En esta acabó llevando lo que el barcelones califica como una “prolífica actividad literaria moderna”, es decir, yendo a multitud de editoriales, presentaciones de libros, fiestas, actos, entrevistas, etc.

El motivo de Juan Ramón Jiménez de abandonar la poesía es quizás el más romántico: la muerte de su mujer, Zenobia, inspiración y alma de sus poemas, que además le ayudaba, criticaba y ejercía las veces de secretaria. Sin ella, que murió un par de días antes de que al autor onubense le diesen el premio Nobel, este no encontró razón alguna para volver a escribir.

A fin de que este artículo no se haga infinito, haré una breve mención de otros autores que Vila-Matas incluye en su libro, entre los que cabe destacar a Höldein, el poeta loco; Cadou, que finalmente acabaría pintando en sus cuadros, titulándolos como autorretrato, exclusivamente muebles; Pedro Garfias, que tardaba eones en encontrar un adjetivo; Joubert, que no encontraba una “casa” en la que alojar sus ideas;  Marcel Duchamp, que se quedó sin ideas y prefirió dejarlo a repetirse; Jacques Vaché, de cuyo suicidio nos dice el autor que no anuló su obra, sino que la “otorgó retroactivamente un poder y autoridad adicionales”; Felisberto Hernández, que pese a escribir dejaba muchas de sus narraciones incompletas; Tolstoi, que acabó viendo la creación literaria como una maldición; Felipe Alfau, quién, muy cachondo él, dijo que cuando aprendió inglés esto le complicó tanto la escritura que prefirió dejarla; Pepín Bello, que pese a ser el máximo inspirador de Lorca, Buñuel, Dalí y compañía, y haber sido continuamente alabado e incitado por estos a escribir, jamás publicó nada, justificándose con un “yo no soy nadie”; Roberto Bazlen, que pensaba, básicamente, que ya no se puede escribir más; Guy de Maupassant, que lo dejó cuando se volvió loco al creerse inmortal y tratar de demostrarlo; y para acabar y no por ello menos importante, Marianne Jung, que a pesar de haber escrito alguno de los poemas que Goethe incluyó en su Diván de Oriente y Occidente, jamás afirmó ser su autora ni pretendió ningún reconocimiento o dinero.

Estos, sin embargo, no agotan los personajes de los que Bartleby y Compañía nos hace participe, una biblioteca dentro de un libro que gira en torno a los libros jamás escritos, es decir, en torno a aquella pulsión que hace que crear algo nuevo se nos antoje como algo imposible. En definitiva, Vila-Matas ha conseguido crear una novela que no se lee sino que se devora y se relee, todo ello mientras nos da un puñetazo esperanzador a los que pretendemos escribir algún día.

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2 comentarios en “Bartleby y Compañia (2000), por Enrique Vila-Matas

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