Si ya está todo dicho.

Allá, en los confines de lo efable, aguarda el verso perfecto, aletargado, soñando con alguien capaz de nombrarle, de darle color, vida, razones. Aquí, vagabundeando en el filo de lo cuerdo bajo una empañada luna que se empeña en que lo logre, lo busco; mas solo hallo vanidades e imposibles. Será que el cristal de la ventana está sucio, que mi alma no es pura, que soy un muggle, un no ario. Esnifar y resoplar selenitas, pero todavía no he tocado fondo. ¿Será por que lo tengo de techo, por que estoy fuera de plano?

Qué hacer si escribir sobre algo ya dicho no es sino clavar el mismo clavo, si el mero hecho de intentarlo es reciclar dictados, recordar lo visto o recaer en picaduras de mosquito y evasión. Qué hacer si ya me sé de memoria la cartilla Mimo, si soy más urticaria que piel, si el aire de mi habitación no podría estar más viciado ni yéndose de putas. Eolo castrado se fuma mis cigarros, yo solo los tiro al cenicero.

Casi titilando de burlón, el papel consagrado al blanco mientras intento que vuelva a llover encendiéndome otra danza de la lluvia. Empieza a chispear cuando frena el miedo, la pulcritud de rodillas de esta vida inane, mi callar conforme al decir prohibido. El tabú óxido que astilla mis posibilidades hasta marinarlas en orín. El suprimir en las inmediateces, mientras que lo que quiero decir está tan lejos, ahí, tras la cerca de lo que no veo por tenerlo entre los ojos. Ni astilla ni viga, yo vislumbro una cuña que nos mantiene interconectados…

La soledad, un mundo de ranas en el que soy el único sapo. Mi delirum tremens, saltimbanquis bloqueos que me suben por los hombros a accionar los cien mil cigarros de la plaga frustración aquí y ahora. Chasquidos. El pulular de los cortocircuitos arrastrándome a través de los círculos, sin más salida que la de incendios, por otra parte tapiada. Condenado recorro la vida inerte, bajo al supermercado a consumir pulmones 2×1, arrugo y encasqueto mi impotencia en algún hueco del Muro de las Lamentaciones, me uno a los eones de bocas que, levantándose ante el quehacer, hacen cola hacia la nada. Pero que hacer, más allá de lo útil, si ya no quedan clavos, si todos están fijados en ese tablón desanclado. Me hago un selfie y sale un Munch. Si quieres ser algo en la vida conviene no leer la biografía de Rimbaud.

Manos cotidianas; gerentes iluminados; brujos melancólicos; archidiáconos del dogma; mendigos en busca de Buda. Todos desde su nariz, su esclerosis de palabras putrefactas en los libros ya leídos, la soledad un martillo que los deja amontonados mientras se me va el tiempo sin entender una mierda de lo que pasa. Si me fui a bañar en el río por primera vez y me recordaba a la tercera, si el fluir, el polvo primo, navega vago ensimismado con un seseo que me insta a llamarle hijo de puta y a tirarme de los pelos. Hastiado, queda en brumas el éxtasis rutinariamente postergado.

Mi calma el centro del Maelstrom de la vuelta y vuelta del ciclo Techo-Pared-Almohada-Armarios. Atrapado en el somier del delirio, mi vida Jericó en espera de la séptima. Si no pellizco ni el aire, si jamás lograré escribir algo que merezca la pena ser fumado, pierdo el tiempo soñando, incapaz de ceñir la cintura de lo que creo que es la vida, esa que tratamos en palabras de explicarnos pero que, nublados por intentar hacernos entender, no conseguimos sino en destellos, rayos.

Y allá, tan lejos, los eternos fugaces, los cacareos de la piel. Todo lo importante es una asíntota imposible de plasmar. Saltar perdió su gracia al ponerme el paracaídas de goma y oculta hoy mi rostro un velo por miedo a las cejas encarnadas de Lorraine Bracco. Los otros, el pánico: Llamadme Hugo Tembleque, arrojadme cabezas de pescado para picotear en vuestros juicios.

Todo perdido sin haberlo poseído nunca, sin haber siquiera sabido dónde y qué buscar. Mas me queda una antes de caer ante la pulsión del No, la última, la de la recámara: el ctrl+c ante lo que dicte el Tedio, mi daemon, ese que viene a darme clases a mi pajarera repleta de estiércol, dónde solo me queda ceder ante el bamboleo de influencias que conspiran hacer pulular mis dedos. Tan sólo tengo que apartarme, permitir su paso, dejar que se materialicen esas trombas intracraneales que se obcecan en ahogar mi entendimiento. No pensar, no sentir, dejar que fluya, verlo a lo lejos como algo ajeno… Si Deus ex machina, quiero ser titiritero sin que sepa serlo.

En mi alma medio pájaro trina una canción desidia, una elegía a la polución del sol. Las violetas de las nubes, sin dejar de mascar injurias, no sueltan ni una gota de piedad, mientras yo, desierta duna en vísperas de incendio, veo aparecer a mi águila, esa tantas veces ensalzada y humillada, esa que ahora porta una regadera que nace de una lápida: “Si ya está todo dicho”  dijeron todos antes de crear algo nuevo.

Anuncios

3 Comments

  1. UUUf que profundo! es el laberinto que no se puede salir ya que al ser humano le importa mas la entrada o la salida que el proceso para llegar alguna de ellas

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s