Cuerpo y alma

Dejé mi cuerpo sin rumbo. Sin mí, su corazón golpea fusas con un deje autómata. Coordina, sigue una jodida temporalidad lógica. La verdad es que al principio… el principio. Que vaga se muestra ya mi memoria maltrecha, desubicada entre globos de vacío mientras que, poco a poco, voy degenerando a roca. Pero no adelantemos acontecimientos, sigamos con calma la linealidad del suceder. No hay prisa, puedo estirarme en el limbo.

Nací en un barrio humilde respecto a metafísica. Mi madre se fue de casa en mi primer par de dientes, con un italiano, creo. Nunca volví a saber de ella. Mi padre, aunque se volvió a casar-divorciar otras dos veces, mantuvo siempre como amantes a la cerveza y a la televisión, preferiblemente baratas y alienantes. Respecto a la primera, no encontró en mi alguien a quién pudiese llamar su sucesor, ya que el alcohol hacía relucir en mí sensibilidades que no me eran gratas. La segunda, por el contrario, fue nuestro istmo, la cuerda de la ropa tendida entre las islas que eran nuestras vidas; cada uno con su bandeja individual dormida en las rodillas, comentando los peinados, las polémicas, los seriales.

El colegio me gustaba. Sentarme allí, alejado del profesor por un par de filas, en silencio, pegado a la pared mirando sus gestos pero sin escucharle… al menos no del todo. Mi mirada solía separar su discurso con reojos dirigidos hacia mis compañeros: algunos de ellos escuchaban; otros luchaban contra el sueño cerrando los ojos, concediéndose los cinco minutos de rigor; el resto se rascaba, hacía dibujitos en los pupitres, miraba las paredes o intentaba mascar chicle con aire de quien no lo hace.

Jamás el fulgor del reloj, que brillaba por su ausencia en mi muñeca, me sacó de mi natural contemplativo. Tampoco hice mucho caso a las exhortaciones de Don Rodrigo, mi profesor de Latín: los carpe diem que esbozaba su sonrisa Ducados; los collige, virgo, rosas que dedicaba a mis compañeras más nínfulas; los tempus fugit con sus ojos dolorosamente fijos en los míos.

Soledad y compañía fueron siempre términos ambiguos para mi cráneo y la masa endeble que contiene. Más que alternarse, se mezclaban los emisor-receptor, los soliloquios y los coloquios, los silencios de mi encerrada habitación y los cercados por hombros amigos, en todos con la mirada fija en mis pulcros zapatos, haciendo constar en acta las diferencias de la realidad con respecto a la caja boba. Creo que pensaba más en mí cuanto más lo hiciese la gente que me rodeara, irrumpiendo en mi domicilio todo aquel que, girándose, me mirara, quitándome así el poder de observar impune. En la soledad, por la gracia de algún Dios maligno, sólo pensaba en esa gente, en el cómo verían…

Ya en la universidad conocí a los que empaqueté como mis amigos, un grupo reducido basado en la de la existencia de Cercanías y parecidos mentales. ¡Cómo disfrutamos viendo las pantallas, debatiendo sus persecuciones, su entelequia, sus domingos de resaca con programación de horas bajas!. Ahora todos tienen trabajo, pareja, niños, esquemas. Todos salvo Mateo, que sale-entra de clínicas y psicólogos conversando con sus demonios. De vez en cuando voy a verle, aunque es un puñal que ya ni me mire. Me da igual que tampoco lo hagan los otros, pero él…

Cuando veíamos las noticias, no sabía que datos decía la presentadora y cuales mi padre, quién me pedía que le pasase un botellín y quien me enviaba a la publicidad a lavar los platos. Entre el estudio, mi sillón y el plató, dejaba escapar esa juventud que perfectamente plasmaba el incombustible James Dean, petrificado en VHS descarrilados por el uso. Acurrucado, pasaba las horas acariciando el mando, deteniéndome en sus zonas erógenas, haciéndole gritar al subir el volumen.

En lo que se podría llamar mi vida normal no es que haya destacado nunca, es más, no creo que siquiera fuera su protagonista. Rebeldes sin causa fueron los amagos de incorporarme como sujeto activo a mi existencia y, si no era yo, quién mejor que los héroes que llenaban las aventuras que leía entre rutinas, quién mejor que esos actores que alteraban mi cara con cambios de la propia. Esos personajes eran los que me justificaban, los que dotaban a mi ser de un sentido que me permitía obviar mi manifiesta anemia vital.

Me decanté por decantarme, en un claro ejemplo de sumisión a la lógica del canto rodado, y decidí estudiar magisterio, pero el estrado me hacía sentir incómodo, así que lo dejé cuando apenas llevaba un par de meses en el cargo. Algo parecido me pasó con su sucesora audiovisuales, donde el problema residió más bien en mi reticencia a tomar un papel activo en una película. Me parecía que intentar transcender mediante la creación no era sino mancillar la misma. La verdad es que he llegado a la conclusión de que mi disfrute siempre estuvo ligado al concepto de espectador, lo que hace de mi situación actual mi cielo-infierno idóneo.

Al final acabe dejándome contratar por una empresa de seguridad, trabajo que me permitía cierta soledad en bibliotecas y museos desolados. Me gustaba, quitando la molesta sensación que es tener pies y sentirlos, los paseos-pasillos, las interminables vueltas circulares en las galerías bajo la bóveda de mi custodio. Cuando ascendí y multiplicaron mis ojos en multipantallas, sentí que mi vida laboral estaba plenamente realizada. Rompió esta estabilidad, ocurrida un par de años más tarde, la repentina muerte mi padre. Los médicos me dijeron que lo acabó con él fue la cirrosis, aunque siempre supe que esta no era sino la máscara que adoptó la indiferencia, la causa real.

Me mudé para evitar desayunar sentado con mis recuerdos, a los que el sonido digital solo conseguía hacer menguar. Sin embargo, cuando alguna que otra vez en los zappings, eternos pese a cambios, ponían clásicos, aumentaba mi nostalgia paterna. Por su parte, desde que pisé su umbral, mi nueva casa me dio siempre cierto desagrado, cierto escalofrío que el devenir ha encumbrado a premonitorio. El primer mueble que compré fue una tele. Es el único que no acumuló polvo durante mi estancia.

Me organicé la vida de tal manera que el trabajo quedase constreñido entre series y cines, en uno de los cuales conocí a Selena. Nunca me atreví a decirle nada comprometido, me limitaba a invitarla alguna que otra vez a ver una francesa o italiana de las que echaban los jueves en el Bar y Jamba. En La caída de los dioses me apretó la mano y, al mirarla, me besó. El problema vino cuando me pidió que le devolviese el beso. No pude y no quise; quise y no pude. Poco a poco dejó de venir. Quise.

Una noche que parecía no diferir en nada con la anterior salvo por un número en el calendario (algo que, por otra parte, se me antojaba cada vez más como algo vago, ilusorio), decidí, sesgo extraño, no ir al cine después del trabajo, sino ir directo a casa. Llevaba un par de meses comprando libros y documentales sobre esoterismo y mística, más bien oriental, aunque no puede evitar releer La Noche Oscura. Había estado practicando con la magia blanca ante el espejo, y con la negra, de rebuscados nombres egipcios, a la luz de las velas. Pero esa noche conseguí un avance capital con la proyección astral que, durante esos últimos meses de mi vida, había venido dando zancadas sobre el terreno de mis preferencias, superando al Un, Dos, Tres como la cúspide de lo observable. Esa noche conseguí por fin desconectar y fue… fue… inefable.

Al principio… el principio. ¡Qué pánico, qué éxtasis, qué nube! ¡Qué todo menos tangible, qué pureza de visión sin ojos, las persianas de los párpados bajadas, allá lejos en la cama! La pintura de la pared parecía ser la misma pero la pared no, traspasable como mantequilla untada en mantequilla. ¡Qué calles, qué luces, qué alfombra de hojas secas, qué gente completamente indiferente ante mi ser!. Y todo esto no por ser invisible, si no por tan sólo haber aparcado lejos y estar la cabeza repostando sobre la almohada.

Tras lo que parecieron ser eones, volví a mi carcasa empujado por una fuerza impostergable, extrañándome de sentir de nuevo mi cuerpo, mirando no sin cierta repugnancia esas manos portadoras de la doctrina utilitarista, esos pies motrices, esa cabeza ligeramente embotada. La televisión dejó instantáneamente de gustarme. Con ella cayeron el resto de los pilares de mi vida: libros, paseos, cines, conversaciones…

Todo esto no era real, no podía serlo: tan sólo era una segunda caverna anclada en la primera de la vida cotidiana, cavernas a las que, habiendo visto el exterior y sus infinitas posibilidades, me negaba a volver a entrar. No volvería al redil, no trabajaría, no comería, no respiraría, no haría nada más por la supervivencia de ese cuerpo parasitario, por ese lastre que me obligaba a reconocer un Yo; ni un esfuerzo más por esa pastiche de fluidos, músculos y huesos que me hacían sufrir en la tempestad de lo social, que me condicionaban a seguir, a sobrevivir.

El día que siguió a esa noche insomne me despedí del trabajo. Ya no lo necesitaba, ya no tenía nada que ofrecerme. Durante una larga semana, mi vida pasó de sedentaria y cómoda a asceta y etérea. No comí ni bebí durante tres días, en los cuales solo meditaba y me proyectaba, ayudándome o bien de una copa de vino en ayuno, como los profetas cristianos, o bien alucinógenos, como el chamán o el curandero yaqui. Dejé de limitarme a una dimensión, perdiendo poco a poco la noción del tiempo, alternando distintas realidades como quién se quita el suéter si hace calor, como quién se lo vuelve a poner si ahora tiene frío. El resultado: mi cielo-infierno idóneo.

No sé exactamente lo que ocurrió. Tal vez fui demasiado lejos, tal vez morí. No lo sé. El caso es que el domingo, el último día de la semana, el último día de mi vida, intenté volver a mi cuerpo… mas el resultado no fue otro que el estupor. No podía y no quería; quería y no podía. Ese cuerpo mimado ahí tumbado sin obedecerme, sin siquiera hacerme el más mínimo caso. Me había convertido en un ikiryō.

Cuando abrí los ojos y yo no estaba tras ellos, pasé como un rayo de la sorpresa al más hondo terror. Si no era yo, quién era ese que se vestía con mi ropa, quién era ese que se anudaba mis zapatos, quién era ese que abría la puerta de mi casa y bajaba las escaleras. Al principio pensé en demonios, que algún ente cruel (o quizás desesperado) me había arrebatado el cuerpo que, en un descuido imperdonable, había dejado abandonado sobre mi cama sin más protección que la colcha. Luego, ante el peso de la evidencia del acontecer de las horas subsiguientes, no pude sino negarle cualquier tipo de vida.

Sus ojos eran fríos, vacíos de hielo sin nada que ocultar, sin nada que decir, sin nada que ver. Eran pantallas con el escritorio iris subdividido en tareas, carpetas y paneles. Salió a la calle y mis temores se vieron confirmados cuando cogió el bus que me dejaba en el trabajo. En su barriga de plástico y metal no sonaba el hambre, en sus manos no había sudor, en su cara alguien había emborronado cualquier expresión que pudiese considerarse humana. Le vi entrar en la empresa sin saludar a nadie, sin mirarles siquiera. En el despacho de mi jefa pidió, con voz de grabadora, su reincorporación. Podía estar satisfecha, ya tenía otro ordenador. Salió y se fue directamente a casa, sin mirar a nada ni nadie, dando los pasos justos y necesarios, sin disfrutar ni lo más mínimo de las violetas de las nubes. Ni se giró siquiera para mirar el sublime culo de la peluquera de abajo. Tampoco se inmutó cuando le saludó el vecino del segundo, ni cuando le ladró su perro.

Ya en casa, se fue directo a la cama, rutina que seguiría con la férrea determinación del Scalextric durante el mes que le seguí. Su vida era incolora, inodora e insípida, condenada a estancarse. Desde que me fui, mi envoltorio original solo trabaja y duerme. No come, no bebe, no habla, a no ser que alguna de estas tres sea estrictamente necesaria para la supervivencia, para el progreso, para el proceso productivo, a fin de que el resto de mortales no le descubran y se den cuenta de que es una máquina, una roca, un usurpador. Desde entonces, la piel que habito es la piel que evito, reducida a mero hábito, encadenada en eslabones de quehaceres. No le aguanté más, no era capaz de asumirlo, me habría llevado las manos a la cabeza de haberlas tenido, habría gritado a pleno pulmón si todavía me perteneciesen, habría…

Vagabundeando por el plano astral, confinado en una mente extrapolada sin límites materiales, pensé que me lo merecía. Es lo que había venido buscando toda mi vida, era el castigo de la inactividad, de no haber asumido ningún papel en mi propia vida. El resultado de todo esto no debía ser, por consiguiente, desagradable, pero no contaba con este error fatal en el guión: el martirio de seguir pensando, el martillo de la razón que define y cataloga para terminar juzgando. Odiaba todas esas correlaciones causa-efecto, ese aguijoneo constante de una conciencia a la que con todo el gusto del mundo habría mandado de vuelta al caparazón. Ya no tenía pies a los que vestir ni calzar, pero seguí teniendo recuerdos de ellos. Me acordé de todos los dioses habidos y por haber, primero con esperanza, luego con temor, finalmente con odio. Terminé aceptándolo, si se puede llamar así a la resignación. Es curioso como funcionamos las personas, sobre todo las que dejamos de serlo.

Desde entonces, vago por las ciudades oculto en brumas, en mi plano astral exclusivo. Jamás me crucé con ninguna entidad  a la que pudiese considerar como semejante, ningún espíritu, fantasma o cuerpo astral en el que poder hallar respuestas, o al menos exteriorizar la pregunta-termita que me carcome. Nadie; sólo sombras que, nada más sentirse enfocadas, se disgregan.

Mi cuerpo vivió diez años más. Le vi morir en un accidente de tráfico yendo de camino al trabajo. En cierta medida, se puede decir que me alegré, aunque más que nada fue rencor lo que sentí. Más tarde ví morir a Mateo, con la aguja en el antebrazo; y a Selena, con arrugas y un marido gordinflón llorándola. En ese instante decidí dejar de existir, aunque no sin antes hacer desaparecer esto, mi confesión, mi rastro. Es obvio que no lo logré, que sigo aquí, atrapado en palabras, condenado a ser observado eternamente hasta la… la… Quién sabe si habré pasado ya por ella. Solo espero que, algún día, mi cerebro se apague y consiga por fin mi propósito, el fin que he seguido durante toda mi vida e incluso después de ella: el no-existir.

Atrapado,

desde mi cielo-infierno idóneo.

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