Clásicos de la literatura: Bartleby, el escribiente (1853), por Herman Melville.

Quizás por si solo el nombre de Herman Melville no active ninguna de esas neuronas que intentan recuperarse de tu última borrachera… pero es prácticamente imposible no que no conozcas al menos una de sus novelas: Moby Dick, obra que se ha anclado en el imaginario colectivo.Este autor neoyorkino (1819-1891) tuvo una vida bastante complicada, es decir, interesante a efectos externos. No llegaba a los trece años cuando su situación familiar, que llevaba ya varios años empeorando irremediablemente, acabó alcanzando una situación insostenible cuando su padre murió, posiblemente suicidándose.

Todo esto obligo a Melville desde muy pequeño a trabajar en los más diversos oficios: chico de los recados, profesor, marinero -no extraña nada saber que estuvo varias veces en balleneros, un trabajo muy duro- o administrativo. De dichos trabajos sacaría bastantes de las experiencias que posteriormente plasmaría en sus libros. Esta situación laboral irregular se mantuvo durante toda su vida, salvo en aquellos periodos idílicos en los que el autor pudo vivir de su pasión: escribir. Además de la archifamosa Moby Dick, algunas de sus otras obras más conocidas son Billy Budd y Benito Cereno. También cabe decir que Melville tuvo durante largos periodos de su vida un consumo problemático de alcohol.

Todo esto hace que su obra, de manera casi obligada, refleje su convulsa vida, así como un marcado afán de profundizar en la naturaleza humana en su existencia fugaz en un mundo extraño, casi hostil. 1967 fue para él un año funesto: su mujer, Eliszabeth Shaw, se divorció de él acusándolo de loco, y su hijo mayor, Malcolm, se suicidó. Estos sucesos harán que esta tendencia, que podríamos catalogar de existencialista (Camus le considera, junto a Kafka, una de sus principales influencias), llegue a ser lo principal en su prosa… y el punto por el que es más valorado y reconocido a día de hoy.

En la época en la que vivió, Estados Unidos se debatía entre dos fuerzas opuestas e irreconciliables que derivarán en la Guerra de Secesión (1865-1865). Los estados del Norte de la Unión, de impulsos reformistas e industrializadores, buscaban abolir la esclavitud, basamento de la economía y del orden social de los estados sureños. Pese a que Melville es completamente abolicionista, no puede evitar tampoco criticar la estructura industrial naciente; ya que, en su opinión, y como también dijera Delibes más tarde, la máquina deshumaniza al hombre.

También es importante destacar que, pese a que la historia nos ha transmitido como factores primordiales de este suceso los criterios morales o humanos en contra de la esclavitud, existieron también motivos más “profanos”, es decir, puramente económicos, especialmente los derivados de la necesidad de mano de obra barata en las fábricas del Norte. Esta tensión, así como la “pérdida de inocencia americana” tras la guerra civil, da nacimiento en el ámbito literario a escritores de gran altura como Poe, Thoreau o Whitman…. a los que se les suele aunar bajo el nombre de Generación Perdida o, por su gusto del alcohol, Generación Líquida.
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Una de esas profesiones en las que Melville se vio obligado a trabajar a fin de subsistir fue la de copista o amanuense. De esta experiencia nace el relato que vamos a tratar hoy, un cuento publicado en una famosa revista americana en 1853, llamado Bartleby el Escribiente, que nada tiene que envidiar a sus novelas con respecto a calidad, y que fue muy bien acogido por la crítica. En coalición a esto último cabe recordar que fue a partir del siglo XX cuando se empezó a considerar a Melville, muerto hacía ya años, como uno de los grandes escritores modernos.

El argumento de dicho relato puede entenderse como una crítica a la vida moderna, sobre todo a los trabajos en los que nos vemos obligados a gastar nalgas y suelas a cambio de una aparente felicidad, encaminados irremediablemente a una vida solitaria, rutinaria y alienante, donde la comunicación real, humana, entre las personas se ha hecho imposible. En cuanto a esto, Bartleby el Escribiente es ahora más actual de lo que podía serlo en su época. Sin embargo, cabe destacar que existen otras posibles interpretaciones al texto.

La acción transcurre entre los homogéneos bloques de oficinas de Wall Street, una especie de prisión existencial donde prima el aislamiento y la desesperanza; donde la vida se hacina entre deshumanizados cajones; donde las calles están repletas de recados y prisas utilitaristas… El narrador es un abogado anónimo, que nos cuenta la sorprendente historia de un empleado que tuvo, aunque lo que en realidad nos está contando es su incapacidad para comprenderle. Este abogado es una persona moderada, reconocida social y profesionalmente, de moral calvinista y rutina mecánica, personificación de lo que Melville consideraba como uno de los males de la Unión en ese momento: el individualismo monetarista y la hipocresía religiosa. Según el propio abogado, sus virtudes son la prudencia y el método, siendo una persona pacifista, en cuanto a temerosa del conflicto y del cambio, que entiende que “la mejor forma de vida es la más fácil”.

Ante un aumento del volumen de trabajo derivado de nuevas obligaciones, el abogado contrata a un nuevo empleado llamado Bartleby, que nos es presentado como un tipo “pálidamente pulcro, lastimosamente respetable ”. De manera enfermiza y desapasionada, trabajará maquinalmente, sin queja, hasta que un buen día decida no copiar nada nunca más. Ante todos los requerimientos de su jefe, sean de la índole que sean, él responde lacónicamente: “prefiero no hacerlo”.

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El extraño copista es una persona inofensiva, desganada, un antisistema puro en cuanto a que le importa una mierda el dinero. Además, al decidir parar tanto de consumir como de producir, deja de engrasar la maquinaria social, lo que le convierte en un paria y en un precursor de los movimientos que, como los seguidores de Martin Luther King, emplearán la resistencia pasiva como forma de protesta y revolución (idea que, a su vez, puede atribuirse al escritor H. D. Thoreau y su Del deber de la desobediencia civil). Bartleby también ha sido comparado recurrentemente con los personajes alienados del universo kafkiano. Simplificándolo un poco, es cuanto menos un inadaptado más en una sociedad que no permite la más ligera desviación.

Bartleby se convierte para el abogado en una carga, situación que se ve agravada cuando se entera de que duerme y vive en el propio despacho. Es su “cadavérica indiferencia caballerosa” lo que hace al abogado impotente, e incluso cobarde, para con su díscolo empleado. Y eso que Bartleby no solo no trabaja, sino que además da una mala imagen del negocio, lo que parece ser la mayor inquietud de nuestro narrador. El abogado, intentando entender la situación, piensa que su empleado es “víctima de un trastorno innato e incurable” ante el cual no sabe que hacer, ya que “era su alma la que sufría, y yo no podía llegarle al alma”.

Finalmente, el negocio se impone al resto de consideraciones. Para ello, descartando otras opciones que van desde el castigo “ejemplar” preconizado por alguno de sus empleados a recurrir a las autoridades, decide cambiar la oficina de edificio, por lo que deja el “problema” a los nuevos inquilinos y su alma sumida en un terremoto en el que se aprecia como se están tambaleando sus convicciones vitales… aunque halla refugio en la teoría de la predestinación calvinista, entendiendo a Bartleby como una prueba, como un enviado del Omnipontente por una razón inescrutable. No pasará mucho tiempo hasta que Bartleby dé con sus huesos en la cárcel acusado de vagabundo, donde muere de inanición, convirtiendo al abogado en su verdugo involuntario, aunque este no se considere como tal, ya que opina que había hecho todo lo posible para ayudarle.

Al final del relato, el abogado nos dice que recientemente supo que Barteleby había trabajado en la sección de Cartas Perdidas de Correos, deprimente lugar en el que se amontonan, para quemarse después, las cartas no entregadas, las perdidas o cuya información es incompleta. El abogado justifica todo lo ocurrido diciendo que su antiguo empleado, ya propenso a la depresión, debió empeorar por este trabajo.

En palabras de Eulalia Piñero, que se encargó, magistralmente, de introducirlo y traducirlo al español para la editorial Austral, el grueso del relato lo constituye un “vacío narrativo que el lector no consigue llenar”, o al menos no de una manera que nos permita decir que tal o cual era la intención del autor, ya que el comportamiento de Bartleby, su preferencia a no hacer nada de lo que el abogado le ordena, nos es incomprensible, tanto para nosotros como para el propio abogado, cuyas soluciones van de la caridad cristiana, absurda en este caso, a las puramente monetarias, más inútiles aun. Por el contrario, jamás se le ocurrió sentarse a charlar con él, invitarle a una cerveza o, simplemente, hacerle saber que tenía un hombro y oído de los que Bartleby se podía servir. Y es que en el mundo utilitario los sentimientos, oxidados del desuso, no tienen cabida.

En definitiva, el comportamiento de este extravagante amanuense es un enigma que permite multitud de interpretaciones, ya que es posible identificar en él una personificación del estado de la Unión en la fecha de su escritura o de la propia situación emocional de Melville, así como también es posible entenderle como resultado de la alienación que produce la vida moderna o, simple y llanamente, como víctima de algún trastorno psíquico (autismo por ejemplo). Por último, cabe decir que el estilo con el que está narrado hace que el libro sea devorado, aunque su idiosincrasia misteriosa nos obligue, posteriormente, a releerlo.

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