Paranoid Agent: Un viaje a la locura.

Paranoid Agent es una serie de animación japonesa creada por Satoshi Kon, director, entre otras películas, de las ya clásicas Perfect Blue y Paprika. Nacido en la ciudad de Kushiro en 1968, su filmografía se centra en la psicología humana, entendida esta como algo extremadamente fascinante y frágil. Desgraciadamente, Kon murió en 2010 de cáncer de páncreas a los 46 años, dejándose todavía una película en el tintero: Dream Machine, de la que se espera que su estudio, MADHOUSE (Dead Note o Black Lagoon entre muchas otras), lleve a la gran pantalla en los próximos años.

bateEl Shonen Bate

El mundo en el que nos sumerge esta serie no difiere en demasía, al menos inicialmente, del que se palpa en cualquier ciudad de relativo tamaño: atascos, estrés, impersonalizada indiferencia, la tecnología portátil como evasión… mientras la palabra jefe fluye de boca en boca en un mar de victimismo, excusas y compromisos. La historia comienza con Tsukiko Sagi, una introvertida diseñadora de peluches mundialmente famosa por haber sido la creadora de Maromi, un perrito rosa que -viva el marketing- aparece en todos los rincones de la ciudad en los más variados y absurdos formatos. Bajo la asfixiante presión de crear un nuevo diseño, comienza a adentrarse en la espiral de la depresión y el delirio.

Por ello, un día que va andando por la calle se fija en una anciana vagabunda que, lanzándola una mirada imposible de catalogar, la asusta. Tsukiko, que ve como el cielo se torna a negro, deja correr a su paranoia, pero cae al suelo. Contra el duro e impasible asfalto, rasguñada, se acerca al borde que separa la cordura de lo que no lo es. Es justo cuando está en ese filo cuando aparece el Chico del Bate, el eje central de la serie, y la golpea de lleno. O no

Interrogada por los dos detectives de turno, de su agresor no recuerda nada salvo que es un niño que lleva patines dorados y un bate torcido del mismo color. Ya en su casa, las muestras de apoyo que ve en la pantalla del ordenador van desapareciendo, dejando paso a unas menos amables que, bajo el anonimato de internet, la acusan de habérselo inventado todo. Otra vez en el filo, no la sorprende ni lo más mínimo que Maromi se incorpore y la diga que ella no tiene la culpa de nada, que es pura envidia. Somnolienta, le da la razón, mientras que a los espectadores no nos queda otra que tildar el proceso de paranormal o de psicótico.

La policía también tiene dudas sobre la existencia del Chico del Bate, dudas que deberían de desaparecen cuando el escritor sensacionalista venido a menos Akio Kawazu es atacado por el mismo. El problema es que Kawazu, en busca de la noticia que acabase con sus acuciantes problemas económicos, se hallaba en esos momentos siguiendo a Tsukiko, que lo presencia todo. Es Kawazu el que introduce la figura del Chico del Bate en el ideario colectivo, pasando rápidamente a ser el centro de todas las conversaciones y tertulias televisivas.

Hasta aquí el primer capitulo de esta serie que, como el flash de la heroína, hará que te enganches a la primera. Al menos así lo hará si antes no te has visto obligado a ingresar en un loquero o has dejado de verla por considerarla demasiado perturbadora. Porque Paranoid Agent es, ante todo, una serie por y para locos, ya que esto no es, ni mucho menos, todo, ya que el chico de bate volverá a atacar, y las dudas sobre quién o qué es, en vez de disminuir, irán multiplicándose de manera delirante.

abueleteAsí es como te puedes quedar al ver la serie.

El problema para los detectives es que las víctimas no parecen tener nada en común salvo alguna que otra circunstancia casual. Pero pronto se dan cuenta que comparten algo más, algo mucho más raro y misterioso: todos sufrían alguna especie de problema psicológico antes del ataque y todos parecen haber mejorado desde el ataque. Así, no serán pocos aquellos que digan que el Chico del Bate les ha liberado.

Este anime no se limita a la resolución de este misterio, sino que abarca una multitud de temas muy variados como pueden ser los traumas infantiles derivados de un abuso sexual, la doble personalidad, la presión laboral, el bullying, la amnesia selectiva, la prostitución, el suicidio (el capítulo 9, pese a estar un poco alejado de la trama principal, es, además de extremadamente curioso por su manera de mostrar un asunto tan serio, sumamente interesante a efectos sociales, pues nos cuenta la historia de tres personas que han quedado a través de Internet para llevar a cabo un suicidio colectivo, algo que, por otra parte, ha ocurrido en varias ocasiones en Japón), la no distinción entre realidad-ficción que puede provocar los videojuegos en los niños, el efecto de bola de nieve que provocan los cotilleos, el eterno retorno o la idea de que la resolución de un misterio solo nos lleva hasta otro mayor.

Pero, destacando de entre todas las anteriores (que por su parte he tenido que diezmar para no hacer una lista interminable), hay un tema que parece primar: la locura en sus más diversas manifestaciones. A su vez, relacionado con esto de una forma que no puedo descifraros sin hacer el spoiler supremo, la serie contiene una lección moral, una moraleja: las salidas fáciles ante los problemas complejos (como podría ser huir de ellos, negarlos o echarle la culpa a terceros) jamás podrán arreglarlos, sino que solo se solucionarán cuando se acepte la realidad tal y como es. Solo a partir de entonces, podrá luchar para modificarla.

Cabe destacar que la música, sublime, corre a cargo de Susumu Hirasawa, que consigue dotar a la serie de una atmósfera siniestro-circense que obliga a plantearse si no será uno mismo el siguiente en volverse loco. Sobretodo ese opening indescifrable, en el que vemos a los personajes de la serie reírse como auténticos chiflados mientras el subtitulado nos dice que “los niños perdidos son hermanos de los pájaros que se adentraron en la tierra”. El ending, además de utilizarse de manera perfecta a lo largo de la serie, es, cuanto menos, psicótico.

En definitiva, esta obra maestra es sumamente surrealista, así como está plagada de simbolismo y de recursos cinematográficos que podríamos catalogar de puramente “lynchianos”, como puede ser el uso de la llamada la fuga disociativa (Carretera Perdida o, en menor medida, Mulhollan Drive) o la utilización del color, o del propio estilo del dibujo, como elemento para diferenciar entre la realidad y otros estados, como pueden ser el sueño o la alucinación. Todo esto lo consigue Kon a la perfección ya que, pese a estas características, la serie plantea cuestiones crudamente realistas, haciéndonos pensar en los abismos en los que puede llegar a verse sumergido el ser humano y en el sufrimiento de los que, desgarrados a merced de su propia naturaleza de sombras y de una sociedad deshumanizada que los juzga sin comprender, navegan por estos infiernos en la más absoluta soledad.

maromi

Maromi, el perrito rosa. (Imagen sacada del Ending).

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