Torrezno 1º

Me dispondré a contarles aquesta historieta, les gustará, amantes del vinacho y los bocatas de panceta.

Eranse dos gentiles hombres, de los cuales no diré sus nombres, que se dispusieron una mañana, nada más salir de su cama, ir, por qué no al dentista, fuera de su pueblo, primera pista, al lugar que vendrá luego, por donde Cristo perdió el mechero, con el Seat Panda sin limpiar desde la primera vez que fueron a comulgar, por el camino´l monte, allá donde cagó el Conde, a aquel lugar infernal, donde no se sabe si lo peor es el dolor o pagar.

Los dos hombres sabianlo: sus bocas eran un espanto, y en la consulta del doctor soltarían lágrimas de dolor, mas no todo era negativo, llorar a los hombres los une, los hace más amigos. Segunda pista, queridos desconocidos.

El dentista no asustaba, muy amable era su cara, pero su asistenta lo mejor, ese ganado en su pueblo no lo imagina ni Juanillo el soñador. Menudo cuerpo, menudas patas, esa moza no era normal. Imaginábanse con ella el minuto que durasen, se olvidaron de su boca ¡esa moza tiene clase!

El doctor a sabiendas de que andaban soñando, comenzó a examinarlos y de pronto se asustó – cómo aquestos buenos hombres viven con estas bocas, en aquel pueblo de donde vengan algo no debe de ser normal. Me toca hacer un estropicio, después dirán que es por vicio, pero esta gente tan bruta ya se podría cuidar-.

Ocho empastes se llevó uno, y el segundo, el desgraciado, salió medio desdentado, tres muelas y un premolar que le hubieron de arrancar.

Salieron los dos pueblerinos doloridos como nunca, y a la taberna a por vino, tercera pista, y ya la última, pues era su costumbre al almorzar. El tabernero muy amable, dos vinos y aceitunas, de calidad de la buena, de las de Campo Real. El de los empastes sin problema, pero ¡ay el desdentado! Lo suyo sí fue faena: el vino se lo empinó, pues rechazó la anestesia creyendo que allá en Bilbao lo hacían por igual, y claro, el menos que un vasco, eso por Dios ¡jamás!

Bebióse otros tres vasos y comenzose a alegrar, y al comerse una aceituna lo escucharon fuera del bar. Aqueste pobre pueblerino embriagado por el vino, no recordó que la oliva, tenía hueso en su interior y diole tamaño bocado que se acordó de la madre de Dios. Tuvo tan mala suerte que el hueso fue a parar, nada más y nada menos, donde antes había un premolar.

El gemido fue infinito, su compadre “¿¡qué te pasa!? ¿volvemos a que te miren?” a lo que el otro acobardado, servilletas como gasa “¡Váyase usté donde quiera, que yo me voy a morir a casa”.

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